|
El anarquismo del espíritu en Jean Vigo
"Habéis
oído las palabras, palabras vulgares que luchaban contra
palabras nobles, y otras palabras igualmente huecas e inconsistentes,
recitadas por los pedagogos, y habéis presenciado cómo la
cosa, compuesta de palabras vacías, terminó de modo
infame en medio de unos visajes absurdos. Así, ya en la aurora
de su juventud el hombre se imbuye de fraseologías y
muecas.”
Witold Gombrowicz. Ferdydurke. Cap. 4. Filifor forrado de niño.
A finales de la década de los 30 un escritor polaco caminaba por
las calles de Buenos Aires en medio de una extrema pobreza, jugando,
según Sábato, “ajedrez en cafés llenos de
humo”, trabajando para un banco, sin un peso en el bolsillo y
escribiendo apasionadamente novelas y cuentos que por esa época
y en aquél lugar muy pocos se detenían a leer. Ferdydurke,
su primera novela, es un libro de rebeldías juveniles escrito
por un hombre (in)maduro que arremete con un humor de brillante finura
contra las instituciones adultizantes y maduradoras de la sociedad y en
especial contra la escuela. Ferdydurke es el eterno adolescente, el que
resiste a la madurez que le impone el mundo de los adultos. Ferdydurke
el castigado por no querer madurar y enviado nuevamente a la escuela
para hacerle un cabezahueca, un nopensante, un don nadie.
En este libro Gombrowicz se burla además con afinado tino y
contundente ironía de aquellos “eminentes y sabios
especializados en el arte de construir el culcalo por medio de la
crítica de lo que llamamos defectos de la
construcción”. Busca un sentido propio para su
creación como escritor y como ser humano y se burla de las
reglas severas y de los cánones del arte “por medio de
irresponsables chungas, zumbas y muecas”. Nos sugiere con deleite
que busquemos el arte en la vida cotidiana y usar la creación
para arreglarse uno mismo interiormente, para curarse de complejos y
para agudizar el contacto con los demás pero nunca hacer del
Arte el fin principal de la creación. Para poder llegar a esa
forma de concebir la creación y la vida Gombrowicz considera
necesario un gran cambio que devuelva el valor sagrado de la inmadurez.
“Grandes descubrimientos se necesitan –poderosos golpes
aplicados con mano débil y desnuda en la dura coraza de la
forma- una astucia sin par y gran honestidad del pensamiento, y una
inteligencia afilada hasta lo último, para que el hombre se
salve de su rigidez exterior y logre reconciliar mejor el orden y el
desorden, la forma y lo informe, la madurez y la inmadurez eterna y
santa”.
Esto último parece ser lo que intentó con bastante
acierto, uno que fuera durante un tiempo, contemporáneo del
escritor polaco. Se trata de Jean Vigo y de su película Zèro de conduit.
En esta película el joven Vigo arremete con “mano
débil y desnuda” contra la rigidez de la vida y del
pensamiento. Con una “inteligencia afilada hasta lo último
y una astucia sin par” asesta poderosos golpes a el poder que
impone el orden, la rigidez y la madurez del espíritu. Por medio
de las imágenes de esta película Vigo reivindica la
creación humana, no como “gran obra de Arte”, sino
como frescura de la vida, como la inmadurez que reivindica Gombrowicz,
como el encuentro genuino de los seres humanos con el azaroso mundo que
los rodea.
Resulta significativo que tanto Vigo como Gombrowicz hayan elegido a la
escuela como el escenario para el desarrollo de las historias de sus
personajes rebeldes y salidos. Para ambos esa institución
representa el espacio por excelencia en donde la rigidez y la falta de
sensibilidad ante el mundo se hacen norma y se reproducen con
férrea disciplina. Vigo vivió en carne propia el absurdo
y la brutalidad de los internados para menores; pero lo más
fascinante de su película no es la descripción de la
ignominia que se pudiera vivir en la escuela sino la utilización
de esta como poderosa metáfora del control social, de la zombización
colectiva a que estamos sometidos cuando nos dejan en manos de unos
tristes payasos que creen saberlo todo sobre la vida, las ciencias, las
artes, los dioses, la historia y hasta sobre nosotros mismos. De estos
personajes se burla Gombrowicz en Ferdydurke cuando el profesor
pide a los alumnos “Explicar y aclarar ... por qué el gran
poeta Slowacki despierta en nosotros el amor, la admiración y el
goce”. Así estos señores ya saben qué
sentimientos debemos tener antes determinadas obras, ellos los
conocedores, los estetas, los sabios. Que como dice el rector del
colegio de Ferdydurke “Son los más fuertes cabezas
de la capital; ninguno de ellos tiene un solo pensamiento propio; y si
lo tuviese ya me encargaría yo de echar al pensamiento o al
pensador”.
Es en el ambiente de castración mental de la escuela donde Vigo
y Gombrowicz plantean su obra rebelde. El cineasta nos introduce con
cuidado en el absurdo de las clases, de los horarios, de los
regímenes estrictos, autoritarios y arbitrarios. Vemos a los
niños sometidos al martirio del tedio y de la
momificación del conocimiento. Ese es pues el lugar de la
revuelta. Los niños se levantan contra los profesores. Los
inmaduros contra la madurez. El viento fresco de la vida contra el muro
rígido del orden. En Zéro de conduit se combate al autoritarismo por la vía de la poesía, así como el Ferdydurke
se le destroza por medio de la más finísima burla. La
poesía visual de la procesión de los niños en el
dormitorio, llevando al niño desnudo como un santo mientras el
profesor vigilante queda crucificado y en el aire las plumas de las
almohadas vuelan y los gritos y risas invaden los corazones. Golpe
certero como el que más. Vigo por medio de la
construcción de poderosas imágenes se burla del mundo tal
como lo han instituido ciertos poderes. Así las autoridades
civiles y escolares son muñecos de trapo sentados en sillas de
madera. El director de la escuela es un enano de barba larga y voz
chillona. Los profesores son cabezas rancias y vacías que
persiguen las inquietas mentes de los niños. Zéro de conduit es cine peligroso porque incita a la revuelta, a la desobediencia, a la creación libre del espíritu.
Se trata es de reivindicar el cine de Vigo como un cine joven, fresco,
audaz, no como una pieza de museo. Su arte es importante porque con
él Vigo, usando palabras de Gombrowicz sobre la escritura,
“hace el contacto con los otros más íntimo y
creador”, porque combate prejuicios y costumbres que no convienen
a su naturaleza. Se trata de reivindicar a Vigo como un hombre joven
capaz de una expresión cinematográfica muy genuina,
fresca y certera. Se trata en suma de ejercitar la memoria como la
capacidad de mantener vivas en nuestro espíritu las expresiones
del arte y la cultura humanas que han sido capaces de dar un paso
adelante sobre las limitaciones y las miserias de su tiempo. Se trata
también de manifestar que Vigo es un cineasta vigente en el
sentido histórico y estético de la palabra. A veces
sucede que la naturaleza de la obra y vida de un autor queda
desfigurada por un manto de algo peor al olvido y que son ciertas
formas de la exaltación que terminan por borrar la
conexión de obra y vida con la realidad. Zèro de conduit
es una película combativa en el sentido poético. Sus
ataques con claros, contundentes y a la vez amplios y abiertos.
Por eso no es extraña la censura de esta película en la
Francia de su época, y sobretodo no resulta nada extraño
ese olvido que hace que se hable de Vigo en los círculos de
ciertos especialistas pero que sus películas no se presenten en
las salas de cine. ¡Presentad Zèro de conduit en
las escuelas, en los colegios, en los cineclubes de los barrios, en los
parques, agitad la bandera del arte como rebelión del
espíritu! Los niños toman la escuela, crucifican a sus
“protectores”, crean sus propios ritos religiosos exaltando
el cuerpo de sus compañeros, ponen una bandera negra en el techo
de la escuela, tiran piedras y tejas contra las directivas. La
gritería se expande, vuelan plumas de las almohadas, de repente
la escuela es tomada por un nuevo espíritu, por un alma
libertaria. Pero los niños no construyen “otra”
escuela, no tienen un pliego de peticiones, no tienen rehenes, no
tienen armas, no tienen un programa. Su rebeldía es por el
anarquismo del espíritu, contra las voluntades rancias que los
rigen. Su revuelta es para poder ser (niños). Sus mejores armas
son sus propios cuerpos, sus risas, su energía vital.
La
película de Vigo también incorpora la rebeldía en
su estructura formal. Encuentra la forma que necesita para poder
revelar esas contradicciones y esas ansias liberadoras. La encuentra y
la usa pero no hace de ella el fin en sí mismo. Las
imágenes en cámara lenta de la revuelta dentro del
dormitorio crean un ambiente de extraordinario valor poético. La
representación de las autoridades como muñecos en las
sillas significa una burla difícil de evadir. La sesión
en clase del profesor tritura ese papel del profesor como
“guía”. Vigo lleva su revuelta de la escuela al
cine. El cine como una vía que señale escapes, fugas,
subversiones del mundo real. Vigo hablaba del cine-documental social al
que se refería como un punto de vista documentado como una forma
de asumir la expresión cinematográfica, sin buscar llegar
a ser “Arte”. Sin perseguir una estéril
perfección de la técnica y la forma. Sin hacer del cine
un regodeo narcisista. De Vigo podemos afirmar lo que Gombrowicz
hacía del escritor honesto y comprometido: “Y no
escribirá porque ya esté maduro y consiguió la
forma, sino justamente porque es todavía inmaduro y sólo
en la humillación, ridiculez, y sudor se esfuerza por atraparla,
porque es él quien trepa, pero no ha subido todavía, y el
quien se hace, pero no todavía no se ha hecho”.
“Este [tipo de] documental exige que se tome postura,
porque pone los puntos sobre las íes. Si no implica a un
artista, por lo menos implica a un hombre. Una cosa vale la otra”.
Jean Vigo
Información adicional
Filmografía de Jean Vigo en Imdb.com
|