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Le temps du loup (El tiempo del lobo)

  D: Michael Haneke. Francia. Austria. Alemania. 2003. 110 min.


Por: Mauricio Alvarez
 

El fin.

Le temps du loup (El tiempo del lobo)

Le temps du loup es una película sobre el final del mundo. Término muy complejo porque siempre remite en primer lugar a cataclismos de dimensiones apocalípticas o a la destrucción repentina y a gran escala de grandes conglomerados humanos. Pero no, la película de Haneke habla es del final de la forma de vida de las sociedades de la abundancia. El final se plantea no en términos temporales sino en términos morales. Algo no tan salido de tono si uno sale y da una mirada a como están las cosas por ahí afuera.

En el caso de Haneke lo que interesa no son las causas de la posible crisis, la película ni siquiera las enuncia, éstas se suponen, cualquiera con algo de sensatez a estas alturas del partido sabrá cuáles pueden ser. Se trata de un cáncer que está ahí dentro en el corazón de las sociedades que se autoproclaman civilizadas y que puede llegar a matar al organismo. El escenario de Le temps du loup es el de ese organismo moribundo. Pero no es fácil identificar quién es ese organismo. Decir la “la sociedad” es como no decir nada, la apuesta de Haneke es por términos más concretos: no se trata de las costumbres, las reglas de convivencia, los contratos sociales, aunque todo eso queda en entredicho más adelante. Lo moribundo en esta película es la seguridad que el modo de vida de las sociedades de la abundancia genera en la sicología de las personas de tal forma que éstas llegan a considerar que sus privilegios y patrones de consumo y gasto de energía son tan naturales como la salida del sol cada mañana. Pero no, una cosa es la gravedad y otra las leyes del mercado. La película es, en parte, un gran debate ideológico sobre el modo de vida de las sociedades supuestamente avanzadas y una exposición de la fragilidad sicológica y social de los individuos en tales ambientes.

Le temps du loup plantea la muerte de esa seguridad que proporciona el consumo ilimitado y hace un ejercicio de futurología al imaginar un escenario posterior, en donde se hagan presentes la carencia, la escasez, la falta de alimentos, agua, electricidad, en fin, todo lo que sostiene a la sociedad del consumo. Claro que Haneke se cuida mucho al introducirnos en esta sociedad “futura”, el comienzo sugiere una especie de “funny game”, una pista para despistar, pues aparece una familia burguesa que va a su casa de campo y hay alguien más adentro. Uno bien podría aterrorizarse al pensar que Haneke estuviera pensando nuevamente en juegos sádicos entre una pareja de sicópatas y una familia decente. Pero no, es otra cosa, más aterradora si se quiere, porque se trata de una crisis general. Para Haneke esa crisis es en primer lugar una crisis de la familia, ese lugar predilecto suyo donde se componen todas las miserias del mundo. La crisis de la familia es consecuentemente una crisis del individuo, un asalto a su estabilidad emocional. Anna, la madre de familia se derrumba a cada momento, sus manos tiemblan, llora, grita, da órdenes contradictorias a sus hijos, pide perdón, vuelve a llorar. Algunos de los otros que viven con ellos en el refugio acceden repentinamente a la histeria, expresan su dolor con amargas ironías. La supuesta estabilidad del individuo se deshace cuando las condiciones sociales que mantienen su modo de vida se ven seriamente condicionadas. Haneke denuncia así la psicosis colectiva que está latente en toda sociedad basada en el consumo. Luego esa crisis de la familia se “complementa” con una crisis social. La lente de Haneke no se expande para abarcar la multitud sino que se comprime para poder ver los detalles. Lo de menos es saber si volaron edificios enteros o explotó una central nuclear. No importa, lo que se muestra aquí es lo que pasa en las relaciones entre las personas de un pequeño subgrupo de sobrevivientes de la catástrofe.

Y lo que se muestra es el modelo de Haneke de la descomposición de la sociedad, que no es solamente imaginación futurista sino, y más contundentemente, un retrato de las enfermedades de la sociedad actual que aún no han estallado vaya uno a saber por qué fenómeno de la suerte. Lo primero que se destroza como hemos mencionado es la supuesta estabilidad sicológica del sujeto y por ende de la familia, para dar paso a la ruptura de las relaciones sociales pre-existentes (la escena de la madre pidiendo comida en la casa de su antigua criada) y a la emergencia de nuevos poderes basados en la dominación de los recursos básicos de supervivencia. Nada nuevo sobre la superficie dirán los más acostumbrados. Pero ese es precisamente el modelo de Haneke: la demolición de los complejísimos sistemas de poder de las supuestas sociedades de bienestar sólo dejarán al desnudo el esqueleto de dominación sobre el que están montados.

Y más, bastará poco tiempo para que sentimientos rastreros como el racismo emerjan como vía de escape de aquellos que no pueden soportar ese sentimiento igualador que trae consigo la miseria. Y así junto a estas “sorpresas” de los habitantes de la nueva tribu irán apareciendo cada vez, y con mayor claridad (si vale aquí ese término), las expresiones de lo monstruoso que se había acumulado por tanto tiempo en el orden anterior. La crisis destapa al mundo que la precede y ese es el objetivo central de Le temps du loup.

Hay una infinidad de lecturas posibles sobre Le temps du loup, Haneke se ha cuidado muy bien de no hacer alusiones demasiado específicas pero tampoco llegar a generalizaciones burdas, ahí está parte de su maestría. Película amplia, de lecturas múltiples. Funciona como una invitación abierta al espectador a reconocer e interpretar las relaciones que se establecen entre ese supuesto mundo futuro y nuestro golpeado mundo presente.

Sin embargo a la manera de Code inconnu: Récit incomplet de divers voyages (Código desconocido, 2000), y de forma más oculta pero igualmente presente en Funny games (1997), en Le temps du loup hay ciertos resquicios por los que lo humano resiste y se cuela. El personaje de la niña cumple ese papel liberador, su búsqueda de la música en la oscuridad, su deseo de lograr la comunicación con ese chico que la quiere dentro de un mutismo absurdo. Su postura ante la imposibilidad de la comunicación aparece al rescate de cierta cordura que todos los adultos, tan mayores y tan maduros, parecen perder a la primera vuelta de la inestabilidad. Es mediante ella que Haneke plantea la única posibilidad de escape: la creación desde y sobre la realidad. Escape no del mundo, del catastrófico nuevo mundo y sus nuevos dueños, escape no hacia ese lugar donde no habrá tanta carencia; sino escape del sinsentido del presente, de la enfermedad de la agonía, de la autocomplacencia, del dejarse morir a uno mismo. Por eso la música, como lugar del rescate y de la posibilidad de otra cosa, de la belleza quizá.

En cambio el personaje del niño es la representación de los efectos del terror, la imposibilidad de encontrar algo a que asirse, como alguna lógica que explique el caos, o alguna verdad que cuestione la imposición de lo absurdo o alguna persona que no esté alienada de miedo y desesperación. Pero no hay tal, sólo hay silencio y miedo. Por eso llora, desnudo, con la cara llena de sangre, frente a la hoguera, justo después de que alguien evitara su salto hacia el fuego y que le diga:


tú eres un valiente ¿eh?
dime, tus padres ...
¿dónde están tus padres?
¿Por qué te dejaron solo?
tú lo has hecho, por supuesto.
Créeme tu estabas listo para hacerlo
y eso es lo que cuenta
vas a ver
todo irá bien
quizá mañana vendrá un gran carro de carreras
un carro deportivo, verás
¿te gustan?, apuesto.
y un hombre saldrá de él
y dirá que todo está bien otra vez
y el agua fluirá en nuestras bocas con palomas asadas
y quizá los muertos resucitarán
¿qué dices?
lo que importa es que estabas dispuesto a hacerlo
sabes, se lo diré a todo el mundo.


Información adicional
Entrevista a Michael Haneke. Por Christopher Sharret.

Filmografía de Michael Haneke en Imdb.com